Es el apego a lo que se quiere, que ha estado ahí y que se piensa que siempre estará, cuando llega el momento es el sentimiento más doloroso, es la desesperación de no sabes qué hacer, es la impotencia misma ante lo inevitable, es no saber cómo mirarle a los ojos y querer decir todo ante el temor de que el tiempo sea el culpable del olvido.

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Es la columna vertebral de la puesta escénica, datos duros y más datos duros. Y, la pregunta. ¿Cómo hacer que un acontecer histórico de ésta magnitud se convierta en un acto escénico? Que la propia investigación no mate el drama o la ficción teatral uno de los acometidos principales, pues Martín López Brie y el equipo que lo conforma lo logra de una manera sutil y eficaz porque es un trabajo escénico compacto de inicio a fin y con el cuidado de los detalles que comprende el hecho en sí del fenómeno teatral: – Escenografía, elementos escenográficos, iluminación, dirección… y por supuesto el proceso actoral, en este caso, tres actores bien apuntalados­–.

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Una maldad con un grado de intelectualidad que avasalla y destruye todo y a todos los que están cerca de ella. La utopía del amor queda herida de gravedad por una bala que conlleva la rabia de una vida al precipicio –"Un rostro contemplativo que refleja el claroscuro en la distorsión de un alma en pena"–.

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– Cuando el “Alma” se vacía sólo queda la brutalidad–. Una vieja casona que cruje su propia novela en pleno Centro Histórico de la Ciudad de México nos dicta una historia lúgubre de dos seres que se comen en carne viva y a pedazos. Él con medio cuerpo paralizado, ella con belleza expuesta pero sin voluntad. ¿Cabe el amor bajo estas circunstancias? Es la causalidad que los une, que deambula y que los caza de noche, son víctimas para que se derramen.

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